IDEOLOGÍA Y MERCANTILISMO
Vivimos en tiempos de trincheras. La evolución de
la sociedad occidental, fruto del dominio omnímodo de las doctrinas y tesis neoliberales
promulgadas por las administraciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los años 80 del siglo pasado, ha provocado que los medios de comunicación,
otrora en búsqueda de la verdad y la información objetiva, se hayan convertido
–en su inmensa mayoría- en títeres paniaguados al servicio de intereses de
grupos de poder y presión.
Lejanos quedan los tiempos de Woodward y Bernstein,
cuyo equivalente a nivel nacional serían los profesionales que llevaron a cabo el tratamiento de la corrupción y la
guerra sucia de estado (GAL) de los últimos gobiernos de Felipe González por
parte del diario El Mundo, aunque la contaminación –manipulación intencionada
de datos para erosionar al gobierno- del proceso informativo reconocida por algunos de los periodistas implicados en el acoso y derribo, invalida
éticamente una buena porción –si no el total- de nuestro Watergate patrio, en
los que heroicos profesionales ponían en
jaque instituciones y administraciones, jugándose sus carreras e incluso la
vida para llevar la verdad hasta la mesa de sus lectores.
Vivimos en tiempos de trincheras. Somos testigos de la agonía de
parte de la prensa tradicional –el papel-, prolongada por el desorbitado tamaño
de la deuda económica contraída por las editoras que continúa creciendo a la
espera de un milagro que no va a ocurrir. La frase acuñada en la Norteamérica
del capital: “Too big to fail” (demasiado grande para caer) describe a la
perfección el estado actual de cosas –entidades financieras que miran para otro lado pretendiendo
ignorar el inevitable desenlace y
empresarios que esperan vivir indefinidamente de ayudas y favores de organismos
públicos e iniciativas privadas– causa de la situación de parasitismo descrita en el primer párrafo.
Se sacrifica el derecho fundamental a la
información de los ciudadanos en pos del interés del grupo económico afín. Se
falsea, manipula, coarta y ensucia la información para atender a espurios
fines. Parece ser que estos, para algunos, justifican los medios. Se establecen
nichos de mercado y se cocina la información para que satisfaga los
presupuestos de la población objetivo.
ENTRE TODOS LA MATARON…
La eclosión de la web 2.0, en la que los contenidos comenzaron a ser creados por los propios usuarios en lugar del
modelo "simplex" de comunicación vigente hasta el momento –prensa, radio, televisión, modos de
comunicación unidireccionales en los que el individuo es un mero espectador-
provocó la aparición de miles de informadores, en muchos casos ruido o
directamente basura sin el mínimo contraste, vía blogs o periódicos digitales.
No obstante, la segunda década del siglo XXI dio
paso a la información en tiempo real por parte de los protagonistas de los
hechos históricos que estaban acaeciendo. Las redes sociales, principalmente Twitter y Facebook, saltaban los filtros gubernamentales y la censura de los
medios tradicionales y contaban, vía teléfonos y otros dispositivos electrónicos, los hechos que se producían, por ejemplo, durante la primavera árabe.
En el contexto de este hecho histórico se certificó
la defunción del modelo de papel, aunque la constatación factual de dicha muerte llegaría a nuestro país un 11 de marzo de
2011: Mientras los medios digitales, profesionales y aficionados, informaban al
instante de un terrible terremoto en Japón, las ediciones en papel de los
principales medios nacionales daban cumplida información sobre otros hechos
periodística y humanamente mucho menos apremiantes. El flujo tradicional de datos, el
proceso informativo habitual, se demostraba incapaz. Las historias están en
nuestro bolsillo en el instante en que se producen; el papel pierde
definitivamente su valor como medio de información. Le quedan los terrenos del
análisis y la opinión.
DEL COMUNICADOR HONESTO
La objetividad no es una empresa fácil para un comunicador, aunque
tampoco debe ser el fin único a alcanzar. La asepsia informativa debería ser,
eso sí, objetivo irrenunciable para medios públicos y agencias de
información.
Lo que sí debe pretender el comunicador, a mi juicio, es ser intelectualmente honesto. Observamos a diario en los medios de masas como se pervierte la información, como se manipulan los datos, como se prostituye la verdad y se insulta a la inteligencia en búsqueda del rédito inmediato, del interés propio o de grupo.
Por todo ello me provocó una leve sonrisa algún
objetivo de los exigidos en la tarea que estoy llevando a cabo, ¡seleccionar
libros de estilo de la prensa nacional! Son, dado el resultado apreciable
día a día, casi un modelo de lo que debe evitarse hacer. Al menos, eso es lo
que parecen pensar quiénes deberían seguir parámetros y directrices marcados en
sus propios manuales.
De entre los medios tradicionales, y presa de una
deriva ideológica –provocada, cómo no, por las necesidades financieras- que le
ha llevado desde el progresismo tibio a
un centrismo liberal democristiano, el primer libro al que recurriría sería el de El País. A pesar de todo, opino que es, de los periódicos nacionales, el más
preocupado por ser veraz y honrado.
Porque el diario El Mundo ha dado sobradas muestras de carecer totalmente de los principios señalados en
la parte III de su Manual de Estilo. Su desvergonzada manipulación
mercantilista en descabellada teoría de la conspiración que englobaba a
gobiernos, FCSE y servicios secretos de varios países, organismos públicos y
privados, jueces, fiscales y miles de otros “implicados” a lo largo de decenas
de artículos sobre los terribles atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid,
debería bastar para inhabilitar ad aeternum cualquier sugerencia de este medio
en lo que a información digna se refiere.
Hay medios que fueron serios e incluso lucieron calidad
literaria, pero por desgracia han devenido casi parodia de sí mismos, como es
el caso del diario fundado por Torcuato Luca de Tena, ABC.
Otros muestran un desprecio tan
absoluto y descarado por las mínimas reglas de decencia y ética que solo es posible
tomárselos a broma. Es el caso del panfleto dirigido por el tertuliano Francisco Marhuenda.
Tanto es así que La Razón, el periódico fundado por el académico Luis Mª Ansón, parece
carecer de cualquier guía u objetivo más allá de la venta de papel impreso a cualquier
precio.
En la red han brotado periódicos digitales como
setas. Entre el producto nacional, de abrumadora mayoría conservadora,
pretendidamente liberal y descaradamente mendaz, hay iniciativas bastante
dignas como la gestada por Ignacio Escolar: eldiario.es, un proyecto basado en
el crowdfunding que le permite intentar mantenerse al margen de intereses
comerciales y obligaciones contraídas vía publicidad, abriendo el camino para
otras empresas similares.
Actualmente, un equipo de profesionales y
académicos, trabajan en la elaboración de un Manual de Estilo para medios digitales.
EL LIBRO DE COCINA DE MARÍA
En tiempos de valores pervertidos, entiendo que el
comunicador debe ser éticamente irreprochable y tener siempre presente en
su escritorio, real o virtual, un código deontológico que le recuerde cuál es
su misión principal.
Hay magníficos comunicadores con una amplia base
académica, otros igualmente grandes que carecen de formación, hay comunicadores
mediocres con múltiples títulos y hay incapaces, iletrados, impresentables y
verdaderos tahúres que ensucian la profesión con su sola presencia en los
medios. Obviamente, una empresa privada es muy libre de seguir el criterio que
le plazca a la hora de contratar sus profesionales, lo que roza la indecencia
es que medios que se mantienen con el dinero de todos pongan al frente de su
programación a indigentes intelectuales e idiotas recalcitrantes atendiendo a razones
de orden mercantil o de pretendido calado entre la audiencia.
El comunicador debe manejar su idioma con corrección. Cuando
se trata de la inmediatez de la comunicación oral esto se hace evidentemente
más complicado; no obstante, si podemos hacer uso de un guion o nuestra labor
se hace vía letra impresa o leída, es injustificable no hacer uso del
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, así como del Diccionario Panhispánico de Dudas
y sus homólogos ortográfico
y gramatical.
Si disponemos de la posibilidad, convendría también consultar
la fonética de vocablos y nombres extranjeros. Para un espectador medianamente
inteligente resulta insultante escuchar a un locutor leyendo “coelo” en lugar
de “coello” mientras lee el apellido luso (¿tan lejos nos cae Portugal?)
Coelho. O, sin ir más lejos, periodistas de todo tipo de medios pronunciando
“tokso” en lugar de “tosho” al hablar del líder sindicalista de “exótico”
apellido gallego Fernández Toxo. Hay
multitud de sitios en internet donde comprobar la fonética de las lenguas desde
el lejano Oriente a la próxima Euskadi.
Riqueza de lenguaje, sinónimos, antónimos, definiciones,
traducciones… Word Reference es el espacio ideal para un pronto manejo básico
de casi una veintena de lenguas. Incluye foros de consulta con usuarios nativos
de los idiomas del sitio.
Muchos son sus detractores, pero es una obra viva en constante crecimiento y perpetuo proceso de revisión, algo que no puede decirse de las mastodónticas enciclopedias que reposan sobre polvorientos anaqueles: Wikipedia, en su versión inglesa y, con alguna reticencia, en la española, es una fuente de información monumental y ágil.
Como quiera que nos hallamos en busca de la visión de los hechos menos
parcial posible, de todos los aportes que enriquezcan nuestra versión,
considero imprescindible tener la mayor variedad de enfoques posible. Desde las
agencias nacionales de noticias hasta las internacionales de todos los puntos
del orbe, debemos buscar todos los aportes y versiones posibles del hecho a comunicar.
Hasta ahora me he centrado prácticamente en el comunicador de los medios de masas, aunque es evidente que este no es el único campo de batalla en el que la palabra, la expresión y el gesto sirven como armas. Abro aquí un breve paréntesis en el que haré un somero repaso de las cualidades que deben adornar al ejecutivo del siglo XXI.
Porque las empresas siempre han recurrido a comerciales con facilidad de palabra, capacidad de convicción y talento para encandilar, cuando no engatusar, a los probables clientes. Se valora cada vez más este perfil, y prueba de ello son los numerosos decálogos que pululan por la red. Me hago eco de unos cuantos recetarios del buen comunicador que pueden aplicarse al terreno laboral sea este el que sea.
Siguiendo algunas de las consignas que amablemente nos ceden los autores de estos decálogos, podemos afinar algunos aspectos de nuestra capacidad comunicativa, y quién sabe, tal vez llegar a formar parte de una lista de Forbes en el futuro.
Cada vez con más peso, ya para finalizar, las redes sociales –principalmente Facebook y la plataforma de microblogging Twitter- son fuentes inagotables de información. Bien usadas, siguiendo las fuentes adecuadas, con los filtros que impone el sentido común y el interés por un trabajo bien hecho, confrontando los “twits” o las actualizaciones de estado con la información que podemos obtener de los diferentes sitios hasta ahora expuestos, nos proporcionan un complemento perfecto para que el comunicador realice una labor interesante, contrastada, informada, formada y veraz.
Lo que sería un oasis en el desierto actual. ¿O no?
