jueves, 22 de enero de 2015

De competencias y otras hierbas o el lenguaje como herramienta







SEIS MESES



Puede deberse a que una peina ya alguna cana o a esas pequeñas señales con que nos premia la experiencia, el caso es que no deja de sorprenderme la capacidad del ser humano de acumular conocimientos, de hacerse más sabio en breves períodos de tiempo.




Es habitual pensar que manejamos todo lo necesario para enfrentarnos a cualquier reto que se presente, que lo que ya hemos aprendido es vasto y suficiente para enfrentar lugares y situaciones con solvencia y diligencia. ¡Qué equivocados estamos! Como solía decirle Ygritte a su amado:"¡No sabes nada, Jon Nieve!"






Cuesta creer que, tras los merluzos vociferantes y las grotescas arpías que pueblan nuestras desdichadas pantallas televisivas, haya equipos de profesionales de la comunicación que tienen muy presentes —entre multitud de factores— todas las premisas que hemos visto a lo largo de este semestre y que, dicho sea con total sinceridad, yo desconocía en gran parte. Tristemente, la calidad del producto ofrecido es lamentable en su fondo, aunque el envoltorio formal sea impecable. La excusa de la audiencia parece justificar cualquier aberración.


Las cuestiones se suceden: ¿Qué es lo que consigue captar la atención del espectador? ¿Cuál es la fórmula correcta para asegurarse el éxito? ¿Por qué fracasan productos de indiscutible calidad y triunfan otros que rebosan mezquindad y caspa? Trasladado —con una pizca de malicia— al aula: ¿Qué debe hacer el profesor para captar la atención de un alumnado confuso en pleno estallido hormonal? Porque hemos visto que preparar a conciencia los temas, con profusión de detalles de interés y apoyándose en materiales entretenidos y desenfadados no es a veces suficiente. Queda quizá la apelación a la víscera, la grosería o la escatología. ¿Somos una sociedad realmente tan inmadura? ¿Será necesario acudir a métodos más expeditivos?






¿INCOMPETENTES?

Empezamos —parece que hace ya una eternidad— viendo la suma de competencias que el comunicador debe atesorar para ofrecer un producto digno. Junto a la capacidad de expresarse de manera inteligible teníamos el factor formal, gestual, la complicidad, el lado pragmático de la comunicación. Veíamos que no siempre es mejor comunicador el que posee un mayor acervo lingüístico, que esos detalles intangibles, abstractos y subjetivos de simpatía, empatía o atractivo pesan a veces más que la corrección en el manejo de la lengua.

El interrogante al que hacía referencia en el apartado anterior afloraba en plenitud de forma al hablar de competencia comunicativa:

¿Cómo demonios un humorista deplorable como Chiquito de la Calzada consiguió no sólo hacerse globalmente famoso sino que logró influir en los actos de habla de un país en su totalidad?
Puede que el estudio de las competencias no nos dé soluciones, pero es innegable que aporta claves.



LOS RECURSOS DEL COMUNICADOR EN LENGUA ESPAÑOLA

He expresado mi opinión respecto al éxito en la actividad comunicativa: factores intangibles convierten en populares y famosos a individuos incapaces de transmitir una sola idea coherente, un sencillo pensamiento inteligente. ¿Son estos "famosetes" buenos, o tan siquiera capaces, comunicadores? Rotundamente, en amplísima mayoría, no.

En los mass media, como en la escena política española actual, prima el mensaje simplón, reduccionista, fácilmente reproducible en la tertulia de palillo en comisura y sol y sombra; el eslogan se impone al discurso elaborado: el vacío como único mensaje. Tertulianos todólogos, que se consideran expertos en cualquier tema imaginable y únicamente lo son en la diatriba, manipulan y mienten con descaro para solaz de su parroquia y desvergonzado engorde de su cuenta corriente. El ocaso de la honestidad, la era del beneficio inmediato e irreflexivo: no importa el daño ocasionado, el fin justifica los medios.

Quedan, por supuesto, personajes capaces, extraños individuos con ética y escrúpulos que todavía tienen un poso de dignidad, fe en el acto de la comunicación. Curiosamente proceden en su mayoría de la cantera más inesperada de las posibles, el humor. Los desdichados sucesos de París, los asesinatos de los humoristas de Charlie Hebdo, son una muestra de lo que sostengo: la libertad de expresión, el derecho a la sátira, a la protesta, a señalar la podredumbre endémica de un sistema corrompido por los intereses creados, se defienden desde las páginas de las revistas de humor. Los medios “serios” obedecen, sin rubor, la voz de su amo.




Aquí, refiriéndonos a la escena televisiva generalista, podemos observar que un grupo de chavales que brotó en los escenarios de salas y cafés haciendo pequeños espectáculos antes de tener su oportunidad en el canal temático “Paramount Comedy”, ha dado el salto hacia todo tipo de programas, desde informativos a divulgación científica. Creadores de neologismos chanantes y gambiteros, su respeto hacia el televidente y el acto de comunicación, los revela como un oasis intelectual en el patético desierto catódico patrio. Manejan con fluidez el lenguaje, su corrección gramatical —salvo, claro está, en casos intencionados— demuestra que su deontología está por encima de códigos y que son ávidos lectores de los recursos que señalábamos meses atrás: diccionarios, manuales, libros de estilo, páginas de agencias de información… Materiales, en fin, que ocupan un lugar preferente en el escritorio del comunicador honesto. Del comunicador, a la postre, pues lo otro no merece tal nombre.



ESPAÑOL POR EL MUNDO

Descubríamos, con los datos que nos proporciona el Instituto Cervantes, que disponemos de una increíble y potentísima herramienta para llegar con nuestro mensaje a más de 500 millones de individuos, una comunidad lingüística distribuida por todos los rincones del planeta y que se encuentra en plena expansión: el idioma castellano.

Aprendíamos que es también un activo económico, que facilita las transacciones y ofrece una magnífica oportunidad para la aventura empresarial; un escenario deficitariamente explotado por nuestra mezquina clase dirigente, ajena totalmente a cualquier actividad que no le reporte beneficio inmediato, carente por completo del más mínimo sentido de estado y por qué no decirlo, de la decencia.

Estudiábamos de forma sucinta la labor de las academias que conforman la ASALE, la red donde se cocina la normativa lingüística española. En el interín adivinábamos algo de lo que  no todos éramos conscientes: independientemente de la variedad de términos distintos y giros idiomáticos que pueblan las diferentes versiones geográficas de nuestro idioma, el español de la comunicación culta es prácticamente invariable y universal.

Por desgracia, concluíamos que nuestra lengua tiene poca penetración en los ámbitos científicos y tecnológicos, que la carencia de inversión en investigación y desarrollo se pone de manifiesto también en la contribución de nuestro idioma al acervo mundial, tristemente relegado al papel único de  exótico partenaire.



PRAGMATISMO Y PUBLICIDAD

Un nuevo tema nos introducía en el mundo de las prácticas correctas en el lenguaje publicitario. Un enfoque nuevo para mí, que hasta entonces era mera receptora —en unos casos— o destinataria —en otros— y que comenzaba a entreverar algunos detalles de las estrategias utilizadas desde el otro lado, ahora un poco el mío, para captar la atención o modificar hábitos y conductas de la audiencia.
El estudio del público objetivo puede proporcionarnos valiosísima información. ¿Y si conseguimos, mediante el uso de implicaturas y aplicando las máximas de tacto, generosidad o simpatía,  que un espectador genérico se convierta en cómplice? ¿Cuánto podemos llegar a manipular la psique de la audiencia conociendo estos resortes y otros como las diversas máximas y teorías objeto de estudio? ¿Hay un límite ético a la manipulación interesada de todos estos aspectos?

El poder de estas herramientas es indudable, su correcto uso en campañas de concienciación —por ejemplo— puede ser increíblemente beneficioso para la sociedad: hacer que consejos sobre vida sana, educación vial, tolerancia y un largo etcétera de temas, impacten sobre el objetivo gracias a estrategias de este tipo. Pero, ¿qué ocurre cuando se utilizan en sentido contrario?
Los ejemplos de esta perniciosa costumbre son más que patentes. Se potencia hasta la náusea la voracidad consumista de chicos y grandes.  Líneas de productos basados en imagen vacía pero epatante; juguetes diseñados para provocar la compra compulsiva de accesorios; cuñas repetidas machaconamente en los mass media; series donde el “product placement” y la producción artística y musical están diseñados con precisión quirúrgica para propagar el mensaje más universal de nuestros días:

“COMPRA”.



LA NEOLENGUA

Por supuesto que no considero los neologismos un instrumento de censura y manipulación similar a la neolengua que Orwell describía en su novela “1984”, más bien al contrario, creo que la capacidad de admitir y generar nuevos vocablos es una muestra de la salud de una lengua y de la capacidad de sus gestores.

El buen comunicador debe intentar mantenerse al tanto de las innovaciones en el terreno lingüístico, ítem más, a pesar de que —a mi entender— deba ser respetuoso con lo preceptuado por manuales y academias, tiene que anticiparse a éstas en el uso de giros idiomáticos que están en la calle. Algo así como lo que debe hacer el buen legislador con los sucesos  del plano real.
Saber cómo se producen, dónde nacen, de qué ramas proceden, las nuevas aportaciones a nuestro léxico, nos ayuda a manejarlo con mayor corrección y precisión, a anticiparnos y adivinar qué se esconde tras esa extraña palabra que jamás habíamos oído. Podría incluso ayudarnos a generar terminología de interés social.


CONCLUSIONES

Como comunicadores, disponemos de la mayor herramienta jamás creada, jamás imaginada. Internet ha puesto a nuestro alcance los lugares más remotos, las personas más apartadas. Nos proporciona acceso a toda la información existente, a todos los datos que alguien pueda imaginar, a técnicas, tutoriales, guías…


No hay excusa para fallar en nuestros cometidos puesto que podemos verificar en décimas de segundo cualquier información, podemos discriminar datos, analizar diferentes fuentes. Lo que hagamos, para bien o para mal, no será achacable a nadie más que a nosotros mismos.  Casi provoca cierto temor pensar que un día pudiese suceder lo que narraba Fredric Brown en su relato “Respuesta”.


«Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el sub-éter transmitió al universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.
Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo —noventa y seis mil millones de planetas— en el súper-circuito que los conectaría a todos con una súper-ordenador, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
      —Ahora, Dwar Ev.
Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
       —El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
Gracias —repuso Dwar Reyn—, será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
Se volvió de cara a la máquina.
      —¿Existe Dios?
La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
      —Sí, ahora sí.
Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para desconectar la máquina. Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.»