SEIS MESES
Puede deberse a que una
peina ya alguna cana o a esas pequeñas señales con que nos premia la
experiencia, el caso es que no deja de sorprenderme la capacidad del ser humano
de acumular conocimientos, de hacerse más sabio en breves períodos de tiempo.

Es habitual pensar que
manejamos todo lo necesario para enfrentarnos a cualquier reto que se presente,
que lo que ya hemos aprendido es vasto y suficiente para enfrentar lugares y
situaciones con solvencia y diligencia. ¡Qué equivocados estamos! Como solía
decirle Ygritte a su amado:"¡No sabes nada, Jon Nieve!"
Cuesta creer que, tras los
merluzos vociferantes y las grotescas arpías que pueblan nuestras desdichadas
pantallas televisivas, haya equipos de profesionales de la comunicación que
tienen muy presentes —entre multitud de factores— todas las premisas que hemos
visto a lo largo de este semestre y que, dicho sea con total sinceridad, yo
desconocía en gran parte. Tristemente, la calidad del producto ofrecido es
lamentable en su fondo, aunque el envoltorio formal sea impecable. La excusa de
la audiencia parece justificar cualquier aberración.
Las cuestiones se suceden:
¿Qué es lo que consigue captar la atención del espectador? ¿Cuál es la fórmula
correcta para asegurarse el éxito? ¿Por qué fracasan productos de indiscutible
calidad y triunfan otros que rebosan mezquindad y caspa? Trasladado —con una
pizca de malicia— al aula: ¿Qué debe hacer el profesor para captar la atención
de un alumnado confuso en pleno estallido hormonal? Porque hemos visto que
preparar a conciencia los temas, con profusión de detalles de interés y
apoyándose en materiales entretenidos y desenfadados no es a veces suficiente.
Queda quizá la apelación a la víscera, la grosería o la escatología. ¿Somos una
sociedad realmente tan inmadura? ¿Será necesario acudir a métodos más expeditivos?
¿INCOMPETENTES?
Empezamos —parece que hace
ya una eternidad— viendo la suma de competencias que el comunicador debe
atesorar para ofrecer un producto digno. Junto a la capacidad de expresarse de
manera inteligible teníamos el factor formal, gestual, la complicidad, el lado
pragmático de la comunicación. Veíamos que no siempre es mejor comunicador el
que posee un mayor acervo lingüístico, que esos detalles intangibles,
abstractos y subjetivos de simpatía, empatía o atractivo pesan a veces más que
la corrección en el manejo de la lengua.
El interrogante al que hacía
referencia en el apartado anterior afloraba en plenitud de forma al hablar de
competencia comunicativa:
¿Cómo demonios un humorista
deplorable como Chiquito de la Calzada consiguió no sólo hacerse
globalmente famoso sino que logró influir en los actos de habla de un país en
su totalidad?
Puede que el estudio de las
competencias no nos dé soluciones, pero es innegable que aporta claves.
LOS RECURSOS DEL COMUNICADOR
EN LENGUA ESPAÑOLA
He expresado mi opinión
respecto al éxito en la actividad comunicativa: factores intangibles convierten
en populares y famosos a individuos incapaces de transmitir una sola idea
coherente, un sencillo pensamiento inteligente. ¿Son estos "famosetes"
buenos, o tan siquiera capaces, comunicadores? Rotundamente, en amplísima
mayoría, no.
En los mass media,
como en la escena política española actual, prima el mensaje simplón,
reduccionista, fácilmente reproducible en la tertulia de palillo en comisura y sol y sombra; el eslogan se impone al
discurso elaborado: el vacío como único mensaje. Tertulianos todólogos,
que se consideran expertos en cualquier tema imaginable y únicamente lo son
en la diatriba, manipulan y mienten con descaro para solaz de su parroquia y desvergonzado
engorde de su cuenta corriente. El ocaso de la honestidad, la era del beneficio
inmediato e irreflexivo: no importa el daño ocasionado, el fin justifica los
medios.
Quedan, por supuesto,
personajes capaces, extraños individuos con ética y escrúpulos que todavía
tienen un poso de dignidad, fe en el acto de la comunicación. Curiosamente
proceden en su mayoría de la cantera más inesperada de las posibles, el humor.
Los desdichados sucesos de París, los asesinatos de los humoristas de Charlie
Hebdo, son una muestra de lo que sostengo: la libertad de expresión, el
derecho a la sátira, a la protesta, a señalar la podredumbre endémica de un
sistema corrompido por los intereses creados, se defienden desde las páginas de
las revistas de humor. Los medios “serios” obedecen, sin rubor, la voz de su
amo.
Aquí, refiriéndonos a la
escena televisiva generalista, podemos observar que un grupo de chavales que
brotó en los escenarios de salas y cafés haciendo pequeños espectáculos antes
de tener su oportunidad en el canal temático “Paramount Comedy”, ha dado
el salto hacia todo tipo de programas, desde informativos a divulgación
científica. Creadores de neologismos chanantes y gambiteros, su
respeto hacia el televidente y el acto de comunicación, los revela como un oasis
intelectual en el patético desierto catódico patrio. Manejan con fluidez el
lenguaje, su corrección gramatical —salvo, claro está, en casos intencionados—
demuestra que su deontología está por encima de códigos y que son ávidos
lectores de los recursos que señalábamos meses atrás: diccionarios, manuales,
libros de estilo, páginas de agencias de información… Materiales, en fin, que
ocupan un lugar preferente en el escritorio del comunicador honesto. Del
comunicador, a la postre, pues lo otro no merece tal nombre.
Descubríamos, con los datos
que nos proporciona el Instituto Cervantes, que disponemos de una increíble y
potentísima herramienta para llegar con nuestro mensaje a más de 500 millones
de individuos, una comunidad lingüística distribuida por todos los rincones del
planeta y que se encuentra en plena expansión: el idioma castellano.
Aprendíamos que es también
un activo económico, que facilita las transacciones y ofrece una magnífica
oportunidad para la aventura empresarial; un escenario deficitariamente
explotado por nuestra mezquina clase dirigente, ajena totalmente a cualquier
actividad que no le reporte beneficio inmediato, carente por completo del más
mínimo sentido de estado y por qué no decirlo, de la decencia.
Estudiábamos de forma
sucinta la labor de las academias que conforman la ASALE, la red donde se
cocina la normativa lingüística española. En el interín adivinábamos algo de lo
que no todos éramos conscientes:
independientemente de la variedad de términos distintos y giros idiomáticos que
pueblan las diferentes versiones geográficas de nuestro idioma, el español de la
comunicación culta es prácticamente invariable y universal.
PRAGMATISMO Y PUBLICIDAD
Un nuevo tema nos introducía
en el mundo de las prácticas correctas en el lenguaje publicitario. Un enfoque
nuevo para mí, que hasta entonces era mera receptora —en unos casos— o
destinataria —en otros— y que comenzaba a entreverar algunos detalles de las
estrategias utilizadas desde el otro lado, ahora un poco el mío, para captar la
atención o modificar hábitos y conductas de la audiencia.
El estudio del público
objetivo puede proporcionarnos valiosísima información. ¿Y si conseguimos,
mediante el uso de implicaturas y aplicando las máximas de tacto, generosidad o
simpatía, que un espectador genérico se
convierta en cómplice? ¿Cuánto podemos llegar a manipular la psique de la
audiencia conociendo estos resortes y otros como las diversas máximas y teorías
objeto de estudio? ¿Hay un límite ético a la manipulación interesada de todos
estos aspectos?
El poder de estas
herramientas es indudable, su correcto uso en campañas de concienciación —por
ejemplo— puede ser increíblemente beneficioso para la sociedad: hacer que consejos
sobre vida sana, educación vial, tolerancia y un largo etcétera de temas,
impacten sobre el objetivo gracias a estrategias de este tipo. Pero, ¿qué
ocurre cuando se utilizan en sentido contrario?
Los ejemplos de esta
perniciosa costumbre son más que patentes. Se potencia hasta la náusea la
voracidad consumista de chicos y grandes. Líneas de productos basados en imagen vacía
pero epatante; juguetes diseñados para provocar la compra compulsiva de
accesorios; cuñas repetidas machaconamente en los mass media; series donde el “product
placement” y la producción artística y musical están diseñados con
precisión quirúrgica para propagar el mensaje más universal de nuestros días:
LA NEOLENGUA
Por supuesto que no considero
los neologismos un instrumento de censura y manipulación similar a la neolengua que Orwell describía en su novela “1984”, más bien al contrario, creo
que la capacidad de admitir y generar nuevos vocablos es una muestra de la
salud de una lengua y de la capacidad de sus gestores.
El buen comunicador debe
intentar mantenerse al tanto de las innovaciones en el terreno lingüístico,
ítem más, a pesar de que —a mi entender— deba ser respetuoso con lo preceptuado
por manuales y academias, tiene que anticiparse a éstas en el uso de giros
idiomáticos que están en la calle. Algo así como lo que debe hacer el buen
legislador con los sucesos del plano
real.
Saber cómo se producen,
dónde nacen, de qué ramas proceden, las nuevas aportaciones a nuestro léxico,
nos ayuda a manejarlo con mayor corrección y precisión, a anticiparnos y adivinar
qué se esconde tras esa extraña palabra que jamás habíamos oído. Podría incluso
ayudarnos a generar terminología de interés social.
CONCLUSIONES
Como comunicadores,
disponemos de la mayor herramienta jamás creada, jamás imaginada. Internet ha
puesto a nuestro alcance los lugares más remotos, las personas más apartadas.
Nos proporciona acceso a toda la información existente, a todos los datos que
alguien pueda imaginar, a técnicas, tutoriales, guías…
No hay excusa para fallar en
nuestros cometidos puesto que podemos verificar en décimas de segundo cualquier
información, podemos discriminar datos, analizar diferentes fuentes. Lo que
hagamos, para bien o para mal, no será achacable a nadie más que a nosotros
mismos. Casi provoca cierto temor pensar
que un día pudiese suceder lo que narraba Fredric Brown en su relato “Respuesta”.
«Dwar Ev soldó
ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras
de televisión le contemplaban y el sub-éter transmitió al universo una docena
de imágenes sobre lo que estaba haciendo.
Se enderezó e hizo una seña
a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto
cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel
monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo
—noventa y seis mil millones de planetas— en el súper-circuito que los
conectaría a todos con una súper-ordenador, una máquina cibernética que
combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a
los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de
silencio, dijo:
—Ahora,
Dwar Ev.
Dwar Ev accionó el
interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente
de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron
a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
Dwar Ev retrocedió un paso y
lanzó un profundo suspiro.
—El honor de formular la primera
pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
—Gracias —repuso Dwar Reyn—, será una pregunta que ninguna máquina
cibernética ha podido contestar por sí sola.
Se volvió de cara a la
máquina.
—¿Existe Dios?
La impresionante voz
contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
—Sí, ahora sí.
Un súbito temor se reflejó
en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para desconectar la máquina. Un rayo
procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que
inutilizó el interruptor.»


